No solo a quien sabe qué ajustes tocar. A todo el mundo.
Una IA que vive en tu propio portátil.
Una aplicación que instalas en tu portátil, igual que instalas un juego.
Tu portátil es el que piensa. Normalmente una IA funciona en el ordenador de una empresa, muy lejos, y todo lo que escribes tiene que viajar hasta allí. Esta no.
Funciona sin internet. Y lo que escribes se queda en tu portátil, así que nadie puede leerlo.
No ingenieros. No gente que lee políticas de privacidad por gusto. La gente que pulsa Aceptar todo porque no hay otro botón. Nunca aceptaron que se vendiera su vida. Simplemente se quedaron sin formas de decir que no.
La humanidad merece ser dueña de sus datos. Salvo que decida compartirlos de forma explícita.
Héctor empezó a construir cosas muy joven. Todas fracasaron. Todas le enseñaron algo.
La primera de verdad. La creó, la lanzó y no fue a ninguna parte.
Aprendió qué se vende de verdad, sobre todo eligiendo cosas que no.
Meses de mucho trabajo. Ninguno rentable.
Construidas, probadas y aparcadas. Cada una más cerca de un problema real.
Usó IA en todas ellas. Y siempre chocó con los mismos tres muros.
Cortado en mitad del trabajo.
Su ordenador se cae y tu día se para con él.
Cada idea escrita en una caja que guarda una empresa.
Todas fracasaron. Todas chocaron con el mismo muro. Así que a los quince empezó a construir GreenCube.
Tres que usamos en todo. Tres que sacamos cuando algo tiene que cobrar vida. Toca cualquiera para copiarlo.